Tal vez va siendo hora de entrar en serio en mi verdadero palacio de la memoria. En ese reducto exclusivamente mío en que acumulo los recuerdos de las cosas hermosas que he ido viendo a lo largo de una vida.
Siempre, desde la primera vez en que siendo casi un chaval entré en la National Gallery de Londres (donde, por cierto, anuncian que desde el 15/10 al 18/1/09 tendrán la exposición sobre el retrato renacentista que ya hemos visto en el Prado) y lo encontré allí en su esquina, he estado enamorado del que Giovanni Bellini pintó, dicen hacia 1500, al Dux Leonardo Loredan.

Desde entonces no es que haya vuelto a aquella espléndida ciudad tan a menudo como hubiera querido, pero a poco que estando allí tenga media hora libre por el centro, hago lo imposible por llegar al Museo y entrar aunque sólo sean cinco minutos a saludar a este portento de la historia de la pintura, que a estas alturas considero ya casi un viejo amigo.
Me pasa con pocos cuadros, pero desde que empezó la costumbre de rellenar los minutos muertos -digamos en la sala de espera del dentista, que nunca es el mejor sitio para no hacer nada- con recuerdos de objetos de belleza total, uno de los primeros que me vienen a la cabeza es este prodigioso retrato. Hay otros, desde luego, y espero irlos reproduciendo aquí antes o después, pero el Bellini merecía ser uno de los primeros. Cumplido.
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