martes, 21 de octubre de 2008

Y SIN EMBARGO…

El hipotético amigo que me hubiese leído hasta aquí sabría de mí manía por ordenar las cosas mentalmente y de mi predilección por el renacimiento, con extensiones hasta Rubens y el cine o la música donde -¡sorpresa!-, también me gusta la música renacentista (bueno, y la barroca, eso que se suele llamar “música antigua”).


Y sin embargo me fascina el arte contemporáneo. El siglo XX ha producido, y el XXI sigue produciendo, algunas de las más importantes obras de arte de la historia. Véase si no el Museo Guggenheim de Bilbao.


Con esa brillante combinación de materiales: del más tradicional, la piedra, al más nuevo, el titanio, pasando por el cristal que de algún modo pudiera simbolizar el arte de la arquitectura moderna, me parece que podría con el tiempo ser el epítome de la arquitectura del siglo XX. Y no sólo por su espectacular exterior, sino también por sus interiores monumentales:

por sus vidrieras catedralicias, por lo que tenga de símbolo de arte para el arte y su función en la sociedad (la escalinata que baja en vez de subir); por su sorprendente integración en el entorno (¿qué forastero había estado en esa zona de Bilbao hasta que abrieron el Museo?) donde, por imposible que sea imaginarlo, no resulta chocante; por supuesto por su contenido: imposible, aunque me hubiera gustado guardarla aquí, encontrar una foto que haga justicia a las espectaculares piezas de Richard Serra en aquella inmensa sala, pero en cambio sí hay una que me gusta de la maravillosa (aunque supongo que el adjetivo justo sería más bien inquietante, temible, perturbadora) araña de ese otro genio del siglo que es Louise Bourgeois.


El Museo, además, tiene esa sorprendente particularidad que lo hace ser un poco la

catedral de Rouen vista por Monet: siempre distinto aunque sustancialmente igual de prodigioso con cualquier tiempo o a cualquier hora del día.


En fin, en mi opinión un icono del arte del siglo, ya digo. Pero no sólo en mi opinión: su -casi inmediata, además- iconización ha llegado al extremo de que los rusos del grupo AES+F la han hecho uno de los edificios símbolo que, en la divertida hipótesis de su "Islamic project" que tanto escandalizó a los norteamericanos cuando vieron la estatua de la libertad cubierta de un velo, una futura islamización de la civilización occidental convertirá inmediatamente en mezquita. Y con esa foto termino.




viernes, 10 de octubre de 2008

LOS HIJOS DE RUBENS

Hace unos años alguien me dijo que en un viaje a Viena no podía dejar de visitar el –entonces- recién restaurado y reabierto Palais Lichtenstein. La verdad es que no me arrepentí. No sólo es una restauración más digna que la media de lo que, en esa materia, se hace en Austria (basta ver, para entender mi punto, lo que han hecho con la Albertina. Y no me refiero al ala moderna que no es lo peor con diferencia), sino que tiene algunas piezas espectaculares.


Y aún con eso, todo queda difuminado en el recuerdo ante la maravilla del retrato de los hijos de Rubens.



Los críos, cuenta la guía, se llamaban Albert y Nikolaus, y tenían en la época del retrato unos 13 y 8 años. Lo de menos, en realidad, es siempre lo que cuentan las guías. Aunque pudiera ayudar para entender algo esa rigidez y formalidad del grande saber que su padre le daba una educación de caballero y que, más o menos a la edad en que lo retrató, la criaturita había publicado sus primeros poemas en latín... Pero lo que importa siempre es la emoción. Y esta pintura la desprende como un perfume.


Para quien siga el link del Museo, sugiero buscar la colección permanente, luego la sala VIII y allí hay una foto de esas que se amplían progresivamente. Y creedme, salvo que se pueda ir a ver el cuadro original, vale la pena jugar un rato con esas ampliaciones. Así se puede ver que el menor sujeta (en realidad juega a liberar y recuperar con la cinta que le ata la pata) un pájaro, o la mano del mayor que, con absoluta seriedad, sujeta a la vez su guante y a su hermano, en un gesto de pequeño adulto totalmente acorde con su ropa formal… Una maravilla de cuadro.


Desde aquella visita (y lamento no recordar quién me la recomendó porque nunca se lo pude agradecer) se ha convertido en mi Rubens favorito. Tal vez en uno de mis cuadros preferidos de toda la historia de la pintura.

viernes, 3 de octubre de 2008

LA BIBLIOTECA DEL PALACIO

Mi palacio de la memoria, aparte de dar nombre al blog, es un espacio real. Imaginario pero real. Quiero decir que tiene, como todas las casas, una puerta, un techo, una escalera (la escalera, por ejemplo, es la de la Biblioteca Laurentina, para entendernos), habitaciones y así sucesivamente. Con la ventaja de que, como es imaginario y no pago alquiler por él, es todo lo grande y lo hermoso que me apetezca hacerlo. Y de vez en cuando, de hecho, le añado un salón o un patio... Pero hoy quiero hablar de la biblioteca.

Por un tiempo estuve tentado de modelarla sobre la de Weimar que se quemó hace unos años, pero luego pensé que como en realidad sus libros, al ser puro recuerdo, no tienen volumen y no ocupan espacio, me puedo permitir que la biblioteca no tenga las paredes llenas de ellos, sino de frescos. Así que decidí instalar la biblioteca en lo que realmente es una capilla, la del Palacio Medici-Riccardi de Florencia.


Es un cuarto relativamente pequeño. Ni en su origen era para misas mayores, ni yo lo utilizo más que para sentarme cómodo a leer y escuchar música. Y además sólo mentalmente, así que no necesito mucho espacio. Pero los frescos de la "Procesión de los Magos" en que Benozzo Gozzoli retrató a los entonces dueños de la casa, la familia Medici, a mediados del quattrocento, son absolutamente apoteósicos.



Es uno de esos espacios conmovedores que andan por ahí repartidos por el mundo. No caben más allá de diez o doce turistas a la vez y no sé cómo hacen ahora para enseñarlo a las hordas de ellos que invaden Florencia. Pero yo lo visité hace ya mucho tiempo y lo ví solo. Volví años después con un par de amigos y también lo volvimos a admirar acompañados únicamente por otra pareja tan absolutamente conmovida como nosotros, así que he tenido suerte y la capilla de los Magos ha podido quedarse en mi recuerdo como un espacio mágico en el que nada, nunca, podrá sacudir la paz que en ella respira. Así que decidí quedármela para leer tranquilo...



miércoles, 1 de octubre de 2008

UN DVD PARA LA ISLA DESIERTA

Después de tantos años escuchando música, a veces me parece que es difícil que algo nuevo pase al archivo de los mejores recuerdos. Y sin embargo, el día en que me hice con el DVD del oratorio “Theodora” de Händel tuve la sensación de haber encontrado una de esas cosas que, en el famoso juego de la isla desierta, me llevaría puesto sin falta, o salvaría del incendio o qué sé yo…


Fue una representación en Glyndebourne en el 96 con una puesta en escena de Peter Sellars que –aunque no siempre me entusiasma: el Julio César, por ejemplo, me parece gratuito- esta vez estuvo acertadísimo. El coro que se mueve con la letra del texto, de modo que se visualiza el juego de las distintas voces, es un hallazgo que ya he visto copiado alguna que otra vez (y con menos acierto, dicho sea de paso), pero es que todo el movimiento de actores es conmovedor.



William Christie con la “Age of Enlightment” están monumentales y los solistas, Upshaw y la Hunt-Lieberson (a la que tanto echo de menos), Daniels y Croft, dan, todos y cada uno, unas actuaciones tal vez en algún momento no impecables, pero tan emotivas, tan potentes y sin embargo tan delicadas , que hacen del disco un auténtico tesoro. Al menos para mí.



A menudo digo que yo escucho la música con los omóplatos. Esta es de esas obras enternecedoras que me tienen dos horas en permanente estado de escalofrío. Y a veces, como en el dúo final, lo confieso, al borde de las lágrimas.