jueves, 27 de noviembre de 2008

LAS TORTUGAS


Adoro Roma. Y el día en que necesito refugiarme en el palacio de la memoria, recuerdos de Roma aparecen en cada esquina. Una zona de Roma que me fascina en particular es la Judería, las callejuelas detrás de la Sinagoga. Hay una casa en cuya construcción se emplearon restos de edificios romanos y tiene empotrado un relieve con un león que se come una gacela y otro al lado con un fragmento de inscripción obviamente demasiado grande para el edificio, relativamente modesto, que me parece una maravillosa pervivencia del pasado, de varios pasados simultáneamente.



También de esa zona hubiera podido escoger el pórtico de Octavia, pero hace tiempo que decidí elegir para el palacio la hermosísima fontana delle tartarughe de Piazza Mattei. Que fuese construida en 1581 sobre un diseño de Giacomo Della Porta, el mismo que realizara las fuentes pequeñas de Piazza Navona o del Palazzo Borghese, es lo de menos. Como la anécdota de que las tortugas son posteriores (y de Bernini, dicen algunos), o la apócrifa leyenda del novio de la hija Mattei que la habría hecho instalar en una sola noche.


Lo esencial es el milagro de la gracia manierista de los cuatro chavales, de los delfines sobre los que se apoyan, de los brazos alzados, de las tortuguillas que buscan el agua, incluso la prodigiosa ubicación de esa joya en una placita por la que no se pasa nunca y hay que ir a buscar aposta…


La fuente no tiene todavía, a decir verdad, una ubicación específica en mi palacio. Pensé alguna vez que le iría bien un jardín inglés, con un gran césped y boj y cipreses que le dieran el toque italiano, tal vez algo como el parque por el que pasean en los “Cuentos de Canterbury” de Pasolini el pastor y la pastora alegóricos. Pero a veces pienso que necesita un ambiente más cerrado, algo como la Piazza Mattei: un lugar en el que haya que buscarla sin que te salte al paso, un rincón en que, como en un estuche, se esconda hasta que decides ir a visitarla.




miércoles, 19 de noviembre de 2008

CON TIERRA EN LOS ZAPATOS

Malas semanas estas últimas. Mucho, demasiado trabajo y ni siquiera la suficiente tranquilidad de espíritu y ánimo para seguir escribiendo de las cosas que me gustan. Algunos días he recordado aquel poema de Aquilino Duque con el que tanto me he identificado a menudo en las malas rachas de trabajo.


LA JORNADA


Esto de regresar todas las tardes

con tierra en los zapatos, con mal gusto de boca,

con un ala partida

después de haber tenido entre las manos

la plenitud de la mañana…

¡Ocaso ceniciento de los días de oro!

¡Cómo se cubre el alma

de hollín sutil, de carbonilla leve

y pierde el rostro simetría!

Retorno de un viaje no emprendido

en un tren incesante. Las ideas

naufragan en saliva, se ennegrecen los sueños

y en la nariz se agolpa la estupidez humana.

¡Pensar que hace ocho horas

llegaba un joven dios junto a una fuente

y allí perdía la noción del tiempo!