viernes, 19 de diciembre de 2008

LOS ÁNGELES DEL MET


Soy poco navideño. Pero, para los años en que me da la vena, guardo en un arcón del palacio unos angelotes que una vez vi colgados del árbol de navidad del Metropolitan en Nueva York. Sirvan de felicitación para quien se deje caer por aquí.

viernes, 12 de diciembre de 2008

ROBERT CARSEN

El primer montaje que vi de Robert Carsen fue el de los “Diálogos de Carmelitas”. Me maravilló su elegantísima simplicidad y, a la vez, su eficacísima teatralidad. El dramatismo de la escena final, aunque bien es cierto que la música de Poulenc contribuye mucho con el brutal y conmovedor “Salve Regina / Deo patri sit gloria”, es, todavía años después, un excelente recuerdo persistente.


Antes de aquello conocía por sendos DVDs dos obras suyas completamente distintas entre sí: El “Mefistofele” de Boito con Samuel Ramey, ingenioso, a ratos brillante (el juego con el globo durante el “Ecco il mondo” en obvio homenaje a Chaplin) y enloquecidamente barroco (ángeles de escayola con trompetas doradas en la embocadura del escenario, carnavales coloristas, aquelarres cabareteros…) y una sutil y bella “Rusalka”, cuyo primer acto con la cama y las mesillas de noche en lo alto del estanque que se supone es la escena me dejó literalmente pasmado, como aperitivo para el inteligente juego de reflejos que sigue durante toda la obra.


Otro DVD intervino para enamorarme de Carsen, y fue el “Eugene Onegin” del Metropolitan, en que, también desde la obertura, con el protagonista –se supone que al “final” de la obra- sentado releyendo la carta y sacando de ella una hoja seca cuando empieza un diluvio de hojas de otoño, es otra imagen poderosísima en su belleza que preanuncia un desarrollo con frecuencia conmovedor.


Pero la “Katia Kabanova” de anoche en el Teatro Real merece constar aquí como uno de mis recuerdos para toda una vida. Nunca había visto tanta hermosura en un teatro. O en todo caso tendría que remontarme mucho en el tiempo para una evocación equivalente. La exquisita sencillez, de un total despojo: cuatro sillas –literalmente cuatro- y tablas sobre un espejo de agua, junto a una delicadísima iluminación y poco más (bueno sí, una Karita Mattila de lo más inspirado y una orquesta que sonó como raras veces gracias en buena medida a Belohlavek), bastaron para conseguir la increíble magia de la belleza absoluta.



Como siempre en Carsen todo empieza a ser pasmoso en el preludio: bailarinas vestidas de blanco acostadas sobre unas tablas en medio del agua, en la que se revuelcan para construir pasarelas con las planchas mientras todo su trajín se refleja, difuminado, sobre el fondo del escenario. Y luego ya magia con mil momentos dignos de recuerdo: el doble dúo final del II acto en la pasarela diagonal, el río unas veces manso y otras agitado, la tormenta con las bailarinas tramoyistas levantando chorros de agua, y muchas otras imágenes de fuerza increíble. Pero la gran escena, para mí, es el dúo del reencuentro y desencuentro de Katia y Boris del III acto: sobre dos pasarelas paralelas entre sí una en la embocadura y otra al fondo de la escena, símbolo de la imposibilidad de una reunión ya irrealizable. Y ella envía ondas de agua hacia él y él las devuelve con menos convicción y todo se refleja en el fondo… absolutamente maravilloso. De acuerdo, si no fuera por Janacek ese momento hubiera tenido menos fuerza, igual que la escena del suicidio y el final con Katia ahogada y la gente rodeando su cadáver con total impotencia. Pero por una vez la ópera como espectáculo completo con drama, texto, música y escena se realizó en el Real.



Y no sólo yo, sino todos los que estuvimos allí recordaremos mucho tiempo esas horas mágicas.


martes, 2 de diciembre de 2008

BELLE EPOQUE

Algún día contaré aquí, porque es tal vez mi refugio de la memoria más permanente, y desde luego porque de algún modo él es, si no el inventor de la memoria sí su cronista más completo, de mi fascinación por Proust.


Pero hoy quiero dejar incluídos aquí unos cuadritos de su pintor favorito, el relativamente desconocido Paul César Helleu (1859 – 1927), de algún modo, dicen los que saben de estas cosas, el “modelo” para Bergotte. Probablemente la historia de la pintura ha sido justa con él al reducirlo a una dimensión más que discreta, pero el encanto de sus retratos es tan de la época que, aunque no fuese más que como cronista del ambiente del París de Proust, creo que vale la pena conservar en el recuerdo alguna de sus cautivadoras figuras femeninas.


O de unos encantadores apuntes de, por ejemplo, señoras tomando el té en el Ritz, o aquel delicioso de la comida con los niños en el restaurante, con todo el poder evocador de las escenas de la familia de Tadzio en el comedor del hotel de la “Muerte en Venecia” de Visconti.


E incluso de unas decadentes hortensias, que, desde luego, suenan mucho más proustianas por su nombre francés de “hydrangeas”.