viernes, 26 de septiembre de 2008

UN BELLINI POR AMIGO

Tal vez va siendo hora de entrar en serio en mi verdadero palacio de la memoria. En ese reducto exclusivamente mío en que acumulo los recuerdos de las cosas hermosas que he ido viendo a lo largo de una vida.

Siempre, desde la primera vez en que siendo casi un chaval entré en la National Gallery de Londres (donde, por cierto, anuncian que desde el 15/10 al 18/1/09 tendrán la exposición sobre el retrato renacentista que ya hemos visto en el Prado) y lo encontré allí en su esquina, he estado enamorado del que Giovanni Bellini pintó, dicen hacia 1500,
al Dux Leonardo Loredan.

(clic para ampliar)


Desde entonces no es que haya vuelto a aquella espléndida ciudad tan a menudo como hubiera querido, pero a poco que estando allí tenga media hora libre por el centro, hago lo imposible por llegar al Museo y entrar aunque sólo sean cinco minutos a saludar a este portento de la historia de la pintura, que a estas alturas considero ya casi un viejo amigo.

Me pasa con pocos cuadros, pero desde que empezó la costumbre de rellenar los minutos muertos -digamos en la sala de espera del dentista, que nunca es el mejor sitio para no hacer nada- con recuerdos de objetos de belleza total, uno de los primeros que me vienen a la cabeza es este prodigioso retrato. Hay otros, desde luego, y espero irlos reproduciendo aquí antes o después, pero el Bellini merecía ser uno de los primeros. Cumplido.

jueves, 25 de septiembre de 2008

EL ÚLTIMO CONCIERTO

En realidad ha habido ya algunos después, pero el último concierto memorable al que he asistido y del que quiero dejar constancia en este álbum de recuerdos (también, para decirlo todo, un poco a modo de prueba de cómo jugar con el blog) fue el 5 de Agosto en la Plaza Mayor de Madrid. Daniel Barenboim dirigía a la East-West Divan Orchestra en la sinfonía concertante de Haydn (que no se escuchó especialmente bien, la verdad: ni las condiciones acústicas de la plaza ni la amplificación ayudaron) y en el primer acto de la Valquiria de R. Wagner, con Angela Denoke, Simon O'Neil y John Tomlinson como solistas.



Ya ha pasado demasiado tiempo para entretenerse en recordar las circunstancias: el calor horroroso del día dio paso a una noche agradable, la espera, primero en la cola y luego ya en las sillas con pruebas de sonido incluidas, bastante llevadera, en fin todo menos dramático de lo que era de temer.

Pero sí pasó al recuerdo para mucho tiempo una versión de frescura adolescente (probablemente la joven orquesta ayudó al efecto) deslumbrante. Con una Denoke que si no con el gesto -era un concierto después de todo- hizo drama con la voz: el estremecedor "piano" de la frase que acaba
ihren Klang hört' ich als Kind, por ejemplo, será dificil de olvidar. Como la potencia y el brillo de las agudos de O'Neil o el excelente Hunding, a la vez brutal y digno, como a mí me parece que debe ser, de Tomlinson.

He tenido la suerte de escuchar en directo a Angela Denoke varias veces ya, desde el Tannhauser de hace unos años también con Barenboim a los más recientes Wozzeck o Makropulos. Y la verdad me parece una de las buenas voces que se pueden escuchar hoy, y lo que casi es más importante como anda el mundo de la ópera, una de las que canta con mayor inteligencia. Con suerte no será la última vez que hable de ella aquí.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

BEGIN THE BEGUINE

Empezar, empezar…


Empiezo por explicar que el título Begin the beguine , además de una manera de romper el maleficio del "blog en blanco", es un poco una broma privada, una referencia al cuento de Murakami en que la versión de Julio Iglesias del clásico de Cole Porter resulta un suplicio para las tortugas. Y eso me sirve para explicar que la idea de este blog es contar lo que me gusta (o no) de las cosas que me gustan: así que hablaré sobre todo de libros, de música, tal vez algo de cine o poesía… de cosas que me parecen hermosas, conmovedoras, de esas cosas que uno, cuando está solo, quisiera compartir. O no.



Por eso lo llamo “El palacio de la memoria”. En “Hannibal”, la tercera novela de Thomas Harris sobre el mítico Dr. Lecter, en la que se basa la que, por cierto, es para mí la mejor película de la serie, se explica que el refinado doctor resistió los años de aislamiento en la cárcel viviendo mentalmente en un “palacio de la memoria” que se había construido con los lugares, decorado con los cuadros y esculturas, probablemente –añadiría yo- habitado por los amigos, cuyo recuerdo le podía servir para salvarse de la oscuridad, el aislamiento, la tristeza, la miseria.



Esa es un poco mi idea. Me temo que algo tan heterogéneo y tan personal no tenga un éxito arrollador en el –también superpoblado- mundo de los weblogs. Pero reconozco que al decir “me temo” no soy demasiado sincero. La verdad es que no me puede importar menos. Lo hago por puro recreo personal.


O no. O sea, que también lo hago porque siento que me estoy perdiendo algo en este mundo de la web del que sé tan poco y me fascina la idea de la interactividad de desconocidos a través de los blogs. Así que habrá errores: desde el principio pido que se me disculpe y confío en ir aprendiendo mientras hago camino.