viernes, 10 de octubre de 2008

LOS HIJOS DE RUBENS

Hace unos años alguien me dijo que en un viaje a Viena no podía dejar de visitar el –entonces- recién restaurado y reabierto Palais Lichtenstein. La verdad es que no me arrepentí. No sólo es una restauración más digna que la media de lo que, en esa materia, se hace en Austria (basta ver, para entender mi punto, lo que han hecho con la Albertina. Y no me refiero al ala moderna que no es lo peor con diferencia), sino que tiene algunas piezas espectaculares.


Y aún con eso, todo queda difuminado en el recuerdo ante la maravilla del retrato de los hijos de Rubens.



Los críos, cuenta la guía, se llamaban Albert y Nikolaus, y tenían en la época del retrato unos 13 y 8 años. Lo de menos, en realidad, es siempre lo que cuentan las guías. Aunque pudiera ayudar para entender algo esa rigidez y formalidad del grande saber que su padre le daba una educación de caballero y que, más o menos a la edad en que lo retrató, la criaturita había publicado sus primeros poemas en latín... Pero lo que importa siempre es la emoción. Y esta pintura la desprende como un perfume.


Para quien siga el link del Museo, sugiero buscar la colección permanente, luego la sala VIII y allí hay una foto de esas que se amplían progresivamente. Y creedme, salvo que se pueda ir a ver el cuadro original, vale la pena jugar un rato con esas ampliaciones. Así se puede ver que el menor sujeta (en realidad juega a liberar y recuperar con la cinta que le ata la pata) un pájaro, o la mano del mayor que, con absoluta seriedad, sujeta a la vez su guante y a su hermano, en un gesto de pequeño adulto totalmente acorde con su ropa formal… Una maravilla de cuadro.


Desde aquella visita (y lamento no recordar quién me la recomendó porque nunca se lo pude agradecer) se ha convertido en mi Rubens favorito. Tal vez en uno de mis cuadros preferidos de toda la historia de la pintura.

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