El primer montaje que vi de Robert Carsen fue el de los “Diálogos de Carmelitas”. Me maravilló su elegantísima simplicidad y, a la vez, su eficacísima teatralidad. El dramatismo de la escena final, aunque bien es cierto que la música de Poulenc contribuye mucho con el brutal y conmovedor “Salve Regina / Deo patri sit gloria”, es, todavía años después, un excelente recuerdo persistente.
Antes de aquello conocía por sendos DVDs dos obras suyas completamente distintas entre sí: El “Mefistofele” de Boito con Samuel Ramey, ingenioso, a ratos brillante (el juego con el globo durante el “Ecco il mondo” en obvio homenaje a Chaplin) y enloquecidamente barroco (ángeles de escayola con trompetas doradas en la embocadura del escenario, carnavales coloristas, aquelarres cabareteros…) y una sutil y bella “Rusalka”, cuyo primer acto con la cama y las mesillas de noche en lo alto del estanque que se supone es la escena me dejó literalmente pasmado, como aperitivo para el inteligente juego de reflejos que sigue durante toda la obra.
Otro DVD intervino para enamorarme de Carsen, y fue el “Eugene Onegin” del Metropolitan, en que, también desde la obertura, con el protagonista –se supone que al “final” de la obra- sentado releyendo la carta y sacando de ella una hoja seca cuando empieza un diluvio de hojas de otoño, es otra imagen poderosísima en su belleza que preanuncia un desarrollo con frecuencia conmovedor.
Pero
Como siempre en Carsen todo empieza a ser pasmoso en el preludio: bailarinas vestidas de blanco acostadas sobre unas tablas en medio del agua, en la que se revuelcan para construir pasarelas con las planchas mientras todo su trajín se refleja, difuminado, sobre el fondo del escenario.
Y luego ya magia con mil momentos dignos de recuerdo: el doble dúo final del II acto en la pasarela diagonal, el río unas veces manso y otras agitado, la tormenta con las bailarinas tramoyistas levantando chorros de agua, y muchas otras imágenes de fuerza increíble. Pero la gran escena, para mí, es el dúo del reencuentro y desencuentro de Katia y Boris del III acto: sobre dos pasarelas paralelas entre sí una en la embocadura y otra al fondo de la escena, símbolo de la imposibilidad de una reunión ya irrealizable. Y ella envía ondas de agua hacia él y él las devuelve con menos convicción y todo se refleja en el fondo… absolutamente maravilloso. De acuerdo, si no fuera por Janacek ese momento hubiera tenido menos fuerza, igual que la escena del suicidio y el final con Katia ahogada y la gente rodeando su cadáver con total impotencia. Pero por una vez la ópera como espectáculo completo con drama, texto, música y escena se realizó en el Real.
Y no sólo yo, sino todos los que estuvimos allí recordaremos mucho tiempo esas horas mágicas.

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